Un Abismo Bien Organizado... Por Nicolás Jean Pierre Figueroa

 

Escrito por Nicolás Jean Pierre Figueroa, Septiembre, 2026

Fuente: Diario Electrónico Polítika 

Llueve sobre los techos de zinc del barrio este, cerca de la universidad, con esa terquedad del trópico que no negocia. El asfalto huele a café barato y a fotocopia vieja. A los cuarenta y dos años, él termina de limpiarse la grasa de las manos con un trapo que ya no devuelve nada, después de haberle dicho cosas impublicables a la transmisión de un sedán japonés que debió morir en los noventa.

Adentro, sobre la mesa de la cocina, lo espera algo peor que el sedán.

 

Es una hoja tamaño carta. Arriba dice ÁRBOL GENEALÓGICO en letras que la maestra imprimió en negrita, y abajo hay ocho rectángulos vacíos conectados por líneas, más dos renglones al pie: País de origen de la familia: y Tradición familiar que más te gusta:. Entrega el lunes. Su hija se durmió a las nueve con la certeza tranquila de que el papá lo iba a resolver.

Son las tres de la madrugada y no ha escrito nada.

Ocho casillas. El problema no es que le falte información: es que le sobra, y que ninguna cabe en un rectángulo de cuatro centímetros. Empecemos por la burla exacta de la poliomielitis.

Por el lado del papá, en un pueblo del sur de Haití, hubo un niño que no conoció al suyo y que a los diez años enterró a su madre. Después vino la tuberculosis. Y detrás de la tuberculosis, como si alguien estuviera midiendo cuánto aguanta un cuerpo antes de romperse, vino la polio. Le dejó las piernas. La cabeza no la pudo tocar. Ese niño llegó a hombre en una fábrica de cemento organizando obreros, salió de la isla a los veinticuatro porque la policía del dictador ya tenía su nombre escrito, y pasó veintiséis años afuera enseñando economía y escribiendo la radiografía de esa dictadura, hueso por hueso, para que después nadie pudiera decir que no se sabía. Volvió el año en que el régimen cayó. Nunca se dejó cargar: subía él sus escaleras, con las muletas, respirando raro, mirando al frente.

En la hoja de la maestra no hay casilla para él. Los tíos abuelos no caben en un organigrama de ocho rectángulos: habría que ponerlo en el margen, con una flecha. Y sin embargo, sin ese hombre, no hay hoja, no hay niña y no hay nadie despierto a las tres de la mañana en esta cocina.

Por el lado de la mamá, cinco mil ochocientos kilómetros al sur, su bisabuela pasaba esos mismos años inclinada sobre un microscopio. Médica,investigadora, pulso de hierro. Trabajó en la vacuna contra ese mismo mal.

Uno perdiendo las piernas en el Caribe. La otra buscando en un vidrio la manera de que nadie más las perdiera. No supieron jamás el uno del otro.

La cura existía. Lo que no llegó a tiempo a esa isla fue la cura.

Décadas después, el relojero los sentó en la misma mesa. La mesa es él, con un lápiz en la mano y ocho rectángulos vacíos.

Al puerto de Galway llegaron con un solo bolso entre los dos.

El mayor era el que hablaba: el de las reuniones, el de los panfletos, el del partido. Le habían dado a elegir entre el barco y la horca, y estaba de un humor espantoso. El menor no había hecho absolutamente nada en su vida, salvo aparecerse esa mañana en el muelle con un abrigo prestado.

—Volvete a casa.

—Ya compré el pasaje.

—No tenés nada que ver en esto.

—Tengo que vos sos mi hermano —dijo el menor, y se acomodó el bolso, y no volvieron a hablar del tema en cuarenta años.

En el bolso había ropa, un poco de dinero y un libro que no era de él: se lo había robado al mayor la semana anterior y nunca se lo devolvió. Cruzaron el Atlántico hasta Buenos Aires y después el continente entero hasta Santiago, y el libro cruzó con ellos. Uno fue desterrado por sus ideas. El otro, por su hermano. El del abrigo prestado terminó siendo el padre de la médica.

La médica vivía en Los Plátanos 2967, en Macul, que no era una dirección sino una trinchera con cocina.

Su marido medía la tierra: topógrafo, trotskista, un hombre que le sacaba a los cerros décimas de grado con la misma fe con que le esperaba el turno a la revolución. Era lúcido y era alegre, que entre gente seria es una combinación rarísima. Trabajaba como si el mapa fuera a salvar a alguien y después se sentaba a la mesa con un buen vino, como buen chileno, a discutir de historia sin amargarse.

Sobre esa casa pesaba además el apellido Dinator Rossel, que en Chile no significa dinero: significa aulas. Isaura Dinator Rossel se recibió de profesora de matemáticas en 1903, cuando a las mujeres todavía había que explicarles por qué querían estudiar, y llegó a ser la primera mujer sentada en el Consejo de Instrucción Pública del país. Todavía hay un liceo en Santiago con su nombre en la fachada. Esa rama no dejó tierras ni oro. Dejó pizarrones y estantes.

El costado caribeño era igual de alto, solo que en otro idioma: venía de una isla que se inventó a sí misma a contrapelo del mundo entero, la primera república negra, la única que se soltó las cadenas sola. Ahí atrás hay un colono francés que una mañana se miró las manos y sintió asco, mandó los látigos al carajo, firmó la libertad de sus esclavos y huyó con precio sobre la cabeza hacia la única tierra del hemisferio donde ese gesto no lo convertía en loco sino en vecino. Y hay, sin un solo papel que lo respalde, un danés. Un mercader, dicen, de los que llegaban con las bodegas llenas y se quedaban hasta que el ron los convencía. Nadie ha podido probarlo nunca. Él lo deja ahí igual: en las familias que salieron corriendo, el rumor también es una forma de archivo.

Su abuela vino del norte, del desierto, frente a un mar que no se puede beber, y la bajaron a Santiago siendo niña. Detrás de ella hay una holandesa de pelo de fuego, hay una mujer de apellido del Báltico y hay un hombre que se ganaba la vida haciendo fotograbados para un diario de Valparaíso: fijar en metal las caras del día para que al día siguiente envolvieran pescado con ellas. Nadie en esta familia llegó jamás a ninguna parte en línea recta. Todos entraron dando un rodeo, por la puerta de atrás, y todos llegaron cargando papel.

Su abuelo hizo de eso un oficio. Escritor, educador, arisco con los suyos como solo puede serlo alguien que aprendió temprano que quedarse es peligroso. Pirata. La dictadura lo empujó fuera y nunca terminó de volver.

Primero fue México. Dio clases en la universidad enorme del sur de esa ciudad, en los mismos años en que un haitiano en muletas explicaba economía a unos pasillos de distancia. Dos exiliados, dos idiomas, el mismo campus, la misma hora del almuerzo. Jamás se vieron. Una generación después, sus familias iban a dormir bajo el mismo techo, en un país que ninguno de los dos había pisado todavía.

De México lo sacaron su hermana y el marido arquitecto, que le consiguieron a dónde llegar en Costa Rica. Alguien saca a alguien: es lo único que en esta familia se hace sin falta.

Iba en el octavo libro cuando lo presentó en un pueblo de la costa, entre otros desterrados que a esas alturas ya solo se aplaudían entre ellos. Este año va en doce escritos y once publicados. Vive en Brasil. Manda libros; no manda cartas. Le salía más fácilenseñarle a un país entero que a la gente de su propia mesa.

Por él, y por su hermana, la casa de Macul terminó desarmándose. A ella la echaron del trabajo por pensar lo que pensaba, y al marido de ella también. El hermano ya andaba afuera. Con el cerco cerrándose, se vinieron a Costa Rica.

Y entonces los viejos hicieron la cosa más grande de esta historia, que además no está escrita en ninguna parte.

—¿Y los muebles? —preguntó ella, de pie en el pasillo, con el delantal todavía puesto.

—Los muebles se compran —dijo él.

Andaban por los sesenta y tenían las semanas contadas para salir. Dejaron la cama, dejaron el comedor donde se había discutido medio siglo de historia de Chile, dejaron las ollas. Empacaron los libros: catorce cajas atadas con pita. Y empacaron lo que de verdad importaba, que eran dos nietos —un varón y una niña; la niña iba a ser su madre—, porque en esta familia los abuelos crían, es lo que hacen, es casi un oficio. Se subieron los cuatro a un barco y no se bajaron hasta el trópico. Ella, que había ayudado a que un virus dejara de tumbar niños en el mundo entero, se mudó al otro extremo del mapa por la única razón que le pareció seria.

Cuando por fin cayó el dictador hicieron el viaje al revés. No volvieron a morirse: volvieron a vivir lo que les quedaba en su idioma, en su barrio, con su vino, y les quedaba bastante más de lo que nadie calculaba. Nunca se habían mudado. Habían ido a buscar a sus hijos.

Sesenta años antes, un tipo con un abrigo prestado había subido a un barco por exactamente la misma razón.

Mientras tanto, del otro lado del mapa, otra isla se estrangulaba de terror. Él tenía veintipocos años, un programa de radio y la costumbre imprudente de hablar de la libertad en voz alta, de modo que su nombre terminó donde terminaban esos nombres: en una lista.

El que lo sacó fue el tío. El de las muletas. Para entonces llevaba años exiliado en México y conocía de memoria el procedimiento, porque se lo habían hecho a él: una gestión, un contacto, un pasaje, una casa al otro lado con la puerta abierta y un plato más en la mesa. El hombre al que la polio le había quitado las piernas fue el que lo puso a correr.

De México siguió hasta este valle, y no por casualidad. En México aprendió el español atropellado que después le duraría toda la vida y se ganó dos becas al mismo tiempo, con la obligación incómoda de elegir una: ingeniería en Rusia o economía en Costa Rica.

Un muchacho recién sacado de una dictadura, con el mundo entero ofreciéndole dos puertas. Eligió la del país que no tenía ejército. Así de simple: después de lo que había visto, le pareció el único dato realmente importante que puede tener un país.

Lleva más de cuarenta y cinco años aquí. Habla mejor español que la mitad del barrio y terminó dando clases en la universidad que queda a unas cuadras de este taller, que es una manera elegante de decir que el hijo se pasa el día arreglando carros en las mismas calles donde el papá se pasó la vida explicando cosas.

Ella tampoco era nada todavía. Había llegado a los diecisiete, criada por sus abuelos, y estaba sentada en un aula de la Universidad Nacional, en Heredia, allá arriba entre cafetales.

Él le prestó un libro. Ella no se lo devolvió nunca —en esta familia no se devuelve ningún libro, es un rasgo hereditario, prácticamente un color de ojos— y cuarenta años después el libro sigue en la sala de la casa de ellos, con el nombre de él escrito en la primera página con una letra que todavía no era la letra de un maestro, porque todavía no era maestro.

Eso vino después, y vino junto. Los dos terminaron educadores: él, intelectual y profesor, las dos cosas a la vez; ella, media vida recorriendo Centroamérica y el continente con la cooperación canadiense, llevando educación a donde no llegaba y, sobre todo, llevando lo que no cabe en los informes —sensibilidad, humanismo, la idea rarísima de que a la gente pobre también hay que hablarle bonito.

No se reconocieron como colegas. Se hicieron colegas.

De ahí nacieron él y su hermana, en el punto medio exacto del desastre: desde esta cocina, la isla del papá queda a mil seiscientos kilómetros y el país largo de la mamá a cinco mil.

Y cuando volvió la democracia, se devolvieron todos. Los viejos primero, a morirse en su idioma. Después el resto: los hermanos, los tíos, las cajas, el país entero llamándolos de vuelta como si nada hubiera pasado.

Ella no.

Ella se quedó parada en la sala de un aeropuerto del trópico, con dos niños agarrados de las manos, viendo irse a toda su gente. Tenía un marido, un trabajo, un aula y una casa con un libro prestado en la sala. En un muelle de Irlanda, un siglo antes, alguien se había subido a un barco por no soltar a los suyos. Ella se quedó en tierra exactamente por lo mismo.

Es la única de esta familia que eligió quedarse. Por eso él existe aquí y no en otra parte.

Son las tres y veinte y el lápiz sigue sin bajar a la hoja.

Y acá viene la parte que no le va a contar a nadie: por un minuto entero, esta madrugada, los odia a todos. A los ocho, a los dieciséis, a los treinta y dos. Nadie le preguntó si quería cargar con esto. Lo que él quería era una infancia con un solo idioma y un abuelo que mandara cartas en vez de libros. Un apellido que no haya que deletrear. Un país. Uno solo, aunque fuera feo.

La hija duerme en el otro cuarto sin sospechar que su tarea de estudios sociales es una trampa.

Y afuera sigue lloviendo, y esta semana el barrio se llenó de faroles: el quince de septiembre este país sin ejército sale con desfiles de niños y tambores de lata a celebrar que un día le avisaron por correo, con meses de atraso, que ya era independiente. A él le gusta esa fiesta. Le gusta que aquí la independencia haya llegado en un sobre y no en una montaña de muertos.

Cuatro días antes fue el otro aniversario, el que no se celebra. En el país largo la gente volvió a salir a la calle, como sale cada once de septiembre desde hace cincuenta y tres años, con las fotos de sus muertos colgadas del pecho, caminando al mismo cementerio a preguntar lo mismo. Y como cada año, alguien mandó a la policía a pegarles. Da igual quién estuviera en el palacio esa vez: les han pegado los herederos de los que se robaron el país y les han pegado los que se dicen socialistas, los que marchaban con ellos antes de tener las llaves. Cambian los discursos; los carabineros son los mismos.

Y a la isla, doscientos años después de soltarse las cadenas sola, todavía le están cobrando la cuenta. Le pusieron precio a su propia libertad y la pagó en oro durante generaciones; cuando terminó de pagar, llegaron otros a explicarle cómo debía gobernarse. No la castigaron por haber perdido. La castigaron por haber ganado. Y lo más sucio no viene del norte: viene de al lado, de los que en este continente todavía se miran al espejo esperando ver a un europeo.

Siempre fue el mismo truco. La cura existe; nunca ha dejado de existir. Lo que no hay es quien la reparta.

Y ahí está lo que ninguna casilla va a poder registrar.

Porque los dos lados de esta familia, sin conocerse, sin hablar el mismo idioma, sin pisar nunca el mismo continente, estuvieron siempre en el mismo bando. El irlandés al que echaron por repartir papeles. El topógrafo que medía cerros de día y esperaba la revolución de noche, y que además se reía. La maestra que levantó escuelas públicas para niñas que nadie pensaba educar. La médica que se encerró en un laboratorio a pelear contra un virus que tumbaba sobre todo a los hijos de los pobres. El muchacho de la fábrica de cemento que organizó a sus compañeros con las piernas muertas y después le hizo la autopsia por escrito a una dictadura. El de la radio, hablando de libertad hasta que lo pusieron en una lista. El escritor que manda libros y no manda cartas. La mujer que se pasó el continente entero enseñando, y enseñando además que a la gente pobre hay que hablarle bonito.

Ninguno tuvo plata. Ninguno tuvo tierras. Todos tuvieron un lado, y siempre el mismo, y casi siempre el que pierde. En esa casa pueblo no fue nunca una palabra de discurso: era la lista de quiénes se sentaban a la mesa.

Eso es lo que se hereda de verdad. No la sangre: el bando.

En el cuarto del fondo cruje una cama. Después unos pies descalzos en el piso. Él alcanza a pensar, con toda su alma, que ojalá sea solo un vaso de agua. A las tres y media aparece en la puerta de la cocina, con el pelo hecho un desastre.

—¿Ya lo hiciste?

—Estoy en eso.

—¿De dónde somos?

Él mira la hoja. Ocho rectángulos, dos renglones, una maestra con buenas intenciones y una imprenta que nunca conoció a esta familia.

—Dame el lápiz —dice ella.

Y escribe, en el renglón del país de origen, con esa caligrafía enorme de los siete años, una sola palabra: varios. Después se va a dormir otra vez, porque a esa edad las cosas difíciles duran once segundos.

Él se queda mirando la palabra. Después agarra la guitarra, más que nada para no llorar en la cocina como un idiota, y busca a tientas el acorde exacto. Ese, no el de al lado. Hay un topógrafo midiéndole el silencio. Hay pulso de médica en los dedos. Hay dos maestros repitiendo el mismo compás cuarenta veces. Hay un hombre en muletas subiendo una escalera sin dejarse ayudar.

El acorde aparece.

La sangre pesa como el plomo. La única manera de cargarla es afinarla.

Esa misma madrugada, a cinco mil kilómetros, en una casa de Brasil donde hace un calor distinto, un viejo tampoco puede dormir. Lleva doce libros: once publicados y uno abierto sobre la mesa desde hace años, atascado, porque le falta el final. Ha escrito el muelle. Ha escrito las catorce cajas. Ha escrito el microscopio y las muletas y el desierto y el puerto.

Enciende la lámpara, se inclina sobre el cuaderno y escribe, sin saber de dónde le llega la frase:

Llueve sobre los techos de zinc del barrio este, cerca de la universidad, y un hombre se limpia la grasa de las manos.

En la cocina, el hombre levanta la cabeza. Por un segundo tiene la sensación exacta de que alguien acaba de escribir la lluvia que está oyendo.

Y sigue tocando, porque acá abajo no se ha acabado nada todavía; porque el lunes hay que entregar la tarea; porque en el otro cuarto duerme una niña que va a heredar un mapamundi cosido a cicatrices —un abismo, sí, pero un abismo bien organizado— y, junto con el mapa, la pelea; y porque en esta familia, ya se dijo, los libros no se devuelven.

Se heredan.

El Fin de La Historia... Por Luis Casado

El Fin de La Historia

Y la Ley de la Oferta la Demanda Sigue Ahí.



Escribe Luis Casado


La antropología se consagra al estudio de la humanidad, de los pueblos antiguos y modernos y de sus estilos de vida. Los antropólogos no analizan las vacaciones del año pasado ni la evolución del último kebab que abrieron en el barrio: sus dimensiones temporales se miden en milenios, en cientos e incluso en millones de años.




El periodo Cenozoico –que es la tercera y última era del Fanerozoico en la escala temporal geológica– comenzó hace 66 millones de años, sucediendo al Mesozoico. Ahí estamos, en la era Cuaternaria, tercera y última del periodo Cenozoico –que sucedió al Neógeno–, y se inició hace 2,59 millones de años y llega hasta la actualidad. Eres, somos, animales cuaternarios.



Al principio del Cenozoico aún no aparecía el iPhone 17 Pro Max, y era imposible suscribirse a Netflix.



Para eso hubo que esperar a Edouard Branly, físico francés que nació mucho más tarde, a mediados del siglo XIX (1844 - 1940). Precursor de la radio y del telemando inalámbrico, descubridor generoso de la radio conducción –un fenómeno conocido como el “efecto Branly”– siempre deseó compartir el fruto de sus investigaciones con el personal.



La codicia y el egoísmo, proclamados motor del progreso por Adam Smith en el siglo precedente, aún no la rompían. Puede que Branly haya estado más cerca de Kropotkine, quién ya había mostrado y demostrado que las especies animales progresan gracias a la colaboración y la protección común, y en ningún caso compitiendo y matándose unas a otras (Malthus y Darwin se encargaron de diseminar otras teorías que le facilitaron el laburo al capitalismo).



Edouard sólo obtuvo en retribución a sus descubrimientos que París bautizase 500 m. de un muelle del Sena con su augusto nombre –el Quai Branly– y un museo, el Musée Branly donde uno puede ver caras conocidas:



Hace unos 30 millones de años aparecieron los primeros primates superiores, cuya superioridad se debe –tal vez– a que los más primitivos circulaban hace ya más de 65 millones de años.



Los Homo Sapiens, grupo del cual debieses formar parte, aparecieron hace apenas 300 mil años.



Como ves, hace un puñado de siglos que los bípedos reman para conseguir el pan nuestro de cada día, no siempre de la misma manera, ni con el mismo esfuerzo, ni con las mismas herramientas, ni con la misma organización del yugo.



No hace falta frecuentar la London School of Economics para comprender que en esos años no había un puñado de privilegiados atesorando lo producido, mientras la inmensa mayoría curraba de la mañana a la noche a cambio de una retribución conocida como salario.



Salario, del latín salarium, el término tiene sus raíces en la sal.



En la época del Imperio Romano (27AC – 476 DC), algunos despabilados ya habían vendido la moto de todo-esto-es-mío-y-donde-te-pillo-te-cago. A los soldados y a los funcionarios públicos se les pagaba con sal, producto muy valioso y apreciado en esos años.



Los romanos, cuya divisa era Forest fortuna adiuvat (la fortuna le sonríe a los valientes), ya habían inventado eso de ocultar el género para que la escasez artificial hiciese subir el precio en virtud de la pretendida ley de la oferta y la demanda. Tú ya sabes: las leyes las hacen los de arriba para garcharse a los de abajo.



Dicho sea de paso, esta célebre ley aprobada sólo por economistas de todo pelaje, encontró un sustento en un economista británico, el ya mencionado Malthus (1766 - 1834), quién previó un crecimiento de la población muy por encima de la capacidad de la Naturaleza para sostenerla.



Si el ritmo de crecimiento de la población responde a una progresión geométrica, mientras que el ritmo de aumento de los recursos para su supervivencia lo hace en progresión aritmética, se podía inferir que la caridad y ayuda a los pobres eran inútiles, ya que solo resultarían en un crecimiento del número de pobres.



Esta idea fue aprovechada por los Conservadores británicos para proponer la Ley de Pobres de 1834, descrita por sus oponentes como “una ley malthusiana diseñada para forzar a los pobres a emigrar, a trabajar por salarios más bajos y a vivir con una cantidad reducida de alimentos”.



Porque de otro modo... pasaría lo que Malthus –un economista, ya se dijo– predijo en su libro Ensayo sobre el principio de la población (1798) que la sobre-población provocaría la extinción de la raza humana para el año 1880. Capta la precisión de sus previsiones...​



Hoy en día cuando la población disminuye, la tasa de nacimientos se desploma, y hay países que temen su desaparición en virtud de ese fenómeno... ¿qué pensar de las teorías de Malthus? Baste con saber que ellas eran enseñadas en escuelas y liceos por décadas como si fuesen ciencia, y sólo eran voladas de un economista que tenía que haber cambiado de camello...



¿Y la ley de la oferta y la demanda? Bien gracias.



Así, en apenas 228 años de una historia que se mide en cientos de miles, queda en evidencia la mala leche de quienes contribuyeron intelectualmente a los desastres que vivimos hoy.



Porque en la mirada de los partidarios del régimen, el capitalismo es el fin de la Historia. No hay evolución posible visto que esto es el summum y todo aquel que desee avanzar en el sentido de la evolución natural –esa que negaron y niegan los creacionistas– es tachado de comunista, de extremista, de irresponsable y otras lindezas.



Aquí se detienen la antropología, los historiadores y la política. El capitalismo es el fin de la Historia, o sea el fin de la Humanidad en todos los sentidos de la expresión. Y la prueba más fehaciente de tal ideología es la ley de la oferta y la demanda, subproducto de las teorías malthusianas y, por qué no decirlo, darwinistas.



Su máxima y definitiva creación parece ser Donald Trump: “Lo que queremos lo obtendremos por las buenas o por las malas porque somos los más fuertes”.



La competencia darwinista en el seno de las especies determina que sólo se imponen y sobreviven los mejor adaptados, los machos dominantes que controlaron y controlan las tribus y la simple posibilidad de reproducirse atribuyéndose la propiedad de las mujeres (incluyendo a las menores...), los capaces de derrotar y eliminar a los débiles.



Estos últimos están destinados a desaparecer, como condición de la supervivencia de los fuertes. La versión de todo aquello es, en nuestros días, el capitalismo.



En pleno siglo XXI hay quienes edifican todo su discurso político y toda su acción al frente de los gobiernos sobre las ruinas de tales teorías. Si no te quedó claro, pídele a Mara Sedini que te lo explique: Mara Sedini, otro magnífico ejemplar –terminal– del fin del desarrollo de la Humanidad.



Fuente: Diario Electrónico POLITIKA

Arpón Utilizado Por Las Comunidades Indígenas Costeras Que Se Ubicaron De Forma Transitoria En La Higuera

Arpón utilizado por las comunidades indígenas costeras que se ubicaron de forma
transitoria en La Higuera.



Este artefacto de caza era utilizado para la captura de lobos marinos, ballenas y peces de gran tamaño. Su sofisticación muestra claramente la transición que experimentaron las comunidades indígenas costeras dedicadas a la caza y recolección en el borde costero al dominio paulatino del mar interior. 


 

Se compone de un cabezal de madera nativa, provista de punta de proyectil de piedra y barba elaborada con hueso de ballena, eran atadas con cuero de lobo; el vástago también
construido con arbusto nativo podía tener varios metros, tanto el vástago como el cabezal estaban atados a cuerdas (de varios metros) de cuero o tripas de lobos marinos, que iban amarradas a la balsa. El cabezal era independiente del vástago, si bien iban unidos, el cabezal al quedar incrustado en la piel del animal y por el forcejeo, se desprendía. 

 

Este era el sistema que usaban los pescadores que con su balsa de cuero de lobo se internaban en la captura de los animales citados.

Una vez visto el animal, se procedía a acercar los más posible la balsa al blanco para poder hacer un arponeo certero. Cuando el resultado era óptimo, el cabezal quedaba incrustado en la piel de la presa, el sangramiento y el esfuerzo del animal por tratar de zafarse y huir de la amenaza latente de la o las balsas, provocaba su cansancio. Sobre este punto se debe señalar que dependiendo del animal a capturar podía ser uno o varios cazadores los que salían a realizar la labor. Se comprenderá que para el caso de una ballena la caza de esta se efectuaba por grupos de balseros.


Sobre el uso de balsas de cuero de lobo en el borde costero de la comuna de La Higuera, hay que señalar que su uso se "extendió durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del XX, específicamente en el puerto de Totoralillo, en Punta de Choros. En el primero obedecía como transporte para la pesca, carga y descarga de minerales e insumos, y en el segundo para la pesca. El último constructor de estas balsas fue Roberto Álvares (Chango Robe), en caleta Chañaral de Aceituno, región de Atacama.

El arpón que se puede apreciar fue fabricado por Alberto Arancibia, artesano de Chungungo. El cabezal y vástago son elaborados con madera nativa de la zona, la punta de proyectil es de vidrio, la barba de hueso de burro y las cuerdas de cáñamo.

 


Texto: Este texto me lo encontré en un cuadro del restaurant Brisa Marina en la caleta Hornos, en el norte chico, comuna de La Higuera. Cuando terminé de almorzar ingresé hacia el interior y me encontré con que tienen una sala destinada como museo donde se identifican algunos elementos fósiles, pero principalmente relacionados con la flora, fauna local, así como características del pueblo costero de los changos.

 

Ver en el Mapa  

Se Acabó El Circo De España E Italia Con La Flota Humanitaria Para Gaza



Los buques enviados por los gobiernos de Italia y España para escoltar a la Flotilla Global Sumud con ayuda humanitaria para Gaza se retiran.

 

El buque español no entrará en la zona de exclusión militar israelí y solo se limitará a alguna eventual tarea de rescate. Es decir, si Israel destruye todo y hay que empezar a recoger náufragos flotando por el Mediterráneo.

 

Con respecto al buque italiano, los mismos integrantes de la flotilla humanitaria denuncian que la tripulación buscó persuadirles a detener su viaje hasta Gaza, lo cual fue calificado por los activistas como un intento de minar la moral de los presentes.

 

En Europa difícilmente surja algún Gobierno que haga frente al genocidio llevado a cabo por Israel. Y de todos los países europeos, Italia y España son los que menos harían algo por los palestinos.

Volverán Las Oscuras Golondrinas... de Gustavo Adolfo Bécquer

 Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres….
ésas… ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día….
ésas… ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…, desengáñate,
así… ¡no te querrán!

Quiero Paz... Eduardo Gatti

¿Cuánto demora el hombreEn entender?¿Cuánto demora en discernir?Esperaré hasta que salga el solEn triste y bella oscuridad
Tarda la flor para abrirTu pecho al finTu corazónNo sé si mucho séO poco al finSolo sé que te quiero a tí
Quiero pazQuiero una pausaQuizá morir de amor en tu miradaSin pasado, sin temoresY sin prejuicios que me nublen
Y en este barcoDe soledadNavegan todos¿A dónde va?
Atardecer, silencioRespiro hondoDespués de días trabajarMe vi en tus ojos sin querer
Caí profundo, amor quizásNo sé si mucho séO poco al finSolo sé que te quiero a tí
Quiero pazQuiero una pausaQuizá morir de amor en tu miradaSin pasado, sin temoresY sin prejuicios que me nublen
Muere el tiempoSe abre el silencioContéstameAbrázameNo sé si mucho séO poco al finSolo sé que te quiero a tí
Quiero pazQuiero una pausaQuizá morir de amor en tu miradaSin pasado, sin temoresY sin prejuicios que me nublen
Quiero pazQuiero una pausaQuizá morir de amor en tu miradaSin pasado, sin temoresY sin prejuicios que me nublen
Quiero pazQuiero una pausaQuizá morir de amor en tu miradaSin pasado, sin temoresY sin prejuicios que me nublen
Quiero pazQuiero una pausaQuizá morir de amor en tu miradaSin pasado, sin temores





¿Por Qué En América Latina No Hay Armas Nucleares?

Una mezcla de geopolítica y compromiso científico condujo a la creación de la primera zona desnuclearizada del planeta.

Imagen ilustrativa
Gettyimages.ru Imagen ilustrativa
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En un mundo donde los conflictos entre potencias nucleares constituyen siempre una inquietante posibilidad, América Latina destaca por haberse erigido en la primera región del mundo que apostó por declararse territorio libre de armas atómicas.

 

Ello ocurrió en 1967 con la firma del Tratado de Tlatelolco, suscrito por los gobiernos de Antigua y Barbuda, Argentina, Bahamas, Barbados, Belice, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Trinidad y Tobago, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Uruguay y Venezuela.

 

En el texto se consagra el compromiso de las naciones "a utilizar exclusivamente con fines pacíficos el material y las instalaciones nucleares sometidos a su jurisdicción", así como la prohibición de prácticas relacionadas de algún modo con el uso bélico de la energía atómica, en una lista que incluye ensayos, fabricación, producción o adquisición de armas nucleares, así como cualquier forma de asentamiento de esta clase de armamento.

 

Del mismo modo, los países latinoamericanos y caribeños firmantes del acuerdo se obligaron a sí mismos a no participar, ni siquiera indirectamente, en cualquier procedimiento vinculado con la industria bélica nuclear.

 

 

OPANAL

Los suscriptores del pacto se encargaron asimismo de precisar una definición de armas nucleares que no estuviera atada a lo que existía para la época y, en su lugar, optaron por enfocarse en sus efectos, lo que dotó al instrumento legal de un carácter atemporal, poco sensible a modificaciones futuras debidas a cambios de aires políticos.

 

"Para los efectos del presente Tratado, se entiende por 'arma nuclear' todo artefacto que sea susceptible de liberar energía nuclear en forma no controlada y que tenga un conjunto de características propias del empleo con fines bélicos. El instrumento que pueda utilizarse para el transporte o la propulsión del artefacto no queda comprendido en esta definición si es separable del artefacto y no parte indivisible del mismo", se lee en el artículo 5 del Tratado.

 

Sin embargo, el Tratado de Tlatelolco constituye la cúspide de otras iniciativas dirigidas a crear zonas no nucleares en el mundo, que fue posible gracias al compromiso de sus especialistas, quienes vieron en la ciencia atómica una oportunidad para mejorar la vida de la gente, y de una responsabilidad con la paz mundial desde América Latina.

 

El camino a Tlatelolco

"La idea de una zona libre de armas nucleares surgió inicialmente en la década de los 50 [del siglo XX]. El primer éxito, que se obtuvo en los espacios deshabitados de la Antártida, consistió en la prohibición de las armas, explosiones nucleares y evacuación de desechos radiactivos en la región", se aviene en recordar José Martínez Cobo, quien ejerció como secretario general del Organismo para la Proscripción de Armas Nucleares en América Latina (OPANAL) entre 1981 y 1985.

 

OPANAL

El experto y diplomático ecuatoriano precisa que si bien este pacto "no afectaba a ninguna población", dado que el continente helado no tiene asentamientos permanentes, sí abrió el compás para la firma de otros acuerdos como el Tratado de Moscú (1963), donde "se prohiben los ensayos con armas nucleares en la atmósfera, el espacio extraterrestre y debajo del agua", y el tratado que impide emplazar armas nucleares en los fondos marinos y en el subsuelo.

 

Empero, explica Martínez Cobo, ninguna de esas iniciativas parecía afectar directamente a las poblaciones humanas. En su lugar, en su día se pensó que "irían seguidos por el establecimiento de zonas libres de armas nucleares en varias regiones habitadas del planeta", que es lo que acabó sucediendo con el Tratado de Tlatelolco.

 

Desde otro costado, asuntos como la Crisis de los Misiles de 1962, que pusieron al mundo al borde de una catástrofe nuclear, también sirvieron de impulso para emprender caminos diplomáticos orientados a mantener a la región fuera de la amenaza que implicaría un enfrentamiento directo entre EE.UU. y su rival de entonces, la Unión Soviética.

 

A este respecto resultó decisivo el trabajo del mexicano Antonio García Robles. Abogado y diplomático, presidió a inicios de la década de 1960 la Comisión Preparatoria para la Desnuclearización de América Latina, cuyo resultado fue la firma del Tratado de Tlatelolco.

 

Su carrera inició en 1939 como funcionario de la Embajada mexicana en Suecia. Luego, tras cumplir labores en la cancillería de su país, participó de hechos trascendentes como las conferencias internacionales que dieron lugar a la formación de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA).

 

En la década de 1970 fue nombrado canciller y desde esa posición continuó trabajando en pos del desarme nuclear, lo que le valió ser distinguido por la academia sueca con el Nobel de la Paz en 1982, convirtiéndose en el primer mexicano galardonado con esa distinción.

 

Científicos para la paz

No obstante, los esfuerzos políticos y diplomáticos para garantizar que América Latina se constituyera en una zona libre de armas nucleares no necesariamente habrían llegado a buen puerto –o, al menos, no tan rápidamente–, si los científicos no hubieran estado estructuralmente comprometidos con el uso pacífico de la ciencia nuclear.

 

En la década de 1960 ya estaba suficientemente claro que la construcción de bombas y otra clase de artefactos bélicos cargados de material radiactivo pudo tener lugar porque muchas mentes brillantes de la época se sumaron al aparato militar-industrial de EE.UU. y la Unión Soviética.

 

En contraste, los científicos latinoamericanos especializados en energía atómica apostaron desde siempre al uso pacífico de la energía atómica. Es el caso del venezolano Humberto Fernández Morán, quien en 1954 lideró la creación de un centro dedicado al uso de la energía nuclear con fines médicos en la localidad de Altos de Pipe, a pocos kilómetros de la capital venezolana.

 

Según describe la historiadora Gloria Carvalho en un libro dedicado a Fernández Morán, se trató de "un centro de avanzada mundial dedicado a usos pacíficos de la energía nuclear, con capacidad para estudiar a profundidad el cerebro y curar afecciones y tumores cerebrales con haces de neutrones".

 

Este fue el primer país de Latinoamérica que creó un centro para el uso pacífico de la energía nuclear

 

Ya en 1950, Argentina había creado la Comisión Nacional de Energía Atómica y, ocho años más tarde, con asistencia estadounidense, puso en marcha el primer reactor nuclear de América Latina, destinado a fines de investigación. Lo llamó Enrico Fermi, en honor a uno de los padres de la física nuclear.

 

De igual modo, en 1956, Brasil fundó el Instituto de Energía Atómica (IEA) en São Paulo –el primero de la región–, a lo que siguió la creación de la empresa pública Nuclebras, cuyo objetivo fue desarrollar el uso civil de la energía nuclear.

 

A estos países se sumó México, con el establecimiento de la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN) en 1956 (conocida luego bajo el nombre de Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias) y en 1964 puso en funcionamiento su primer reactor nuclear, el Triga Mark III, en las instalaciones del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares.

 

En la década de 1960, otras naciones como Chile y Perú dieron pasos semejantes. En todos los casos, los esfuerzos estuvieron orientados a promover la investigación científica en física, química y medicina nuclear; a la producción de radioisótopos para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades y a la mejora de capacidades técnicas para futuras aplicaciones energéticas.


El rol de EE.UU. y el presente

Sin embargo, pese a que es innegable que la buena voluntad de los científicos y su espíritu pacifista resultó determinante para que América Latina nunca desarrollara armas nucleares ni se involucrara en actividades destinadas a su fabricación, producción o almacenamiento, no puede dejarse de lado que EE.UU. también fue promotor del uso civil de la energía nuclear en la región, con el programa Átomos para la Paz.

 

¿Podría haber desencadenado EE.UU. una nueva carrera armamentista nuclear?

 

Se trata de una propuesta presentada ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1953 por el presidente estadounidense de entonces, Dwight Eisenhower. En una jugada brillante, el mandatario enfocó su discurso a los para entonces llamados "países en desarrollo" –Sur Global– y presentó la energía atómica "como un medio para alcanzar mayores cotas de progreso y bienestar en el mundo entero", según se recoge en un documento de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA).

 

En la misma intervención, Eisenhower apuntó a la necesidad de crear una entidad, de la que también debía participar la Unión Soviética, para controlar el uso de la energía nuclear en el mundo. Tras años de negociaciones, en 1957 se instaló en Viena la primera conferencia de la OIEA, una institución que, sin estar exenta de polémicas, ha resultado clave para vigilar el estatus de los programas nucleares de todo el mundo.

 

En cualquier caso, el establecimiento de zonas desnuclearizadas como América Latina sirve de ejemplo de lo que puede lograrse cuando la voluntad de paz se impone y ello es particularmente relevante en tiempos convulsos. La existencia de programas nucleares opacos como el de Israel, en una zona altamente conflictiva como Oriente Próximo, hacen de esta región un candidato ideal a su declaración como territorio libre de armas nucleares. Lamentablemente, esta iniciativa sigue esperando.

 

Fuente

https://actualidad.rt.com/a-fondo/557434-america-latina-no-hay-armas-nucleares

En Tierras Blancas de Sed… Por Gabriela Mistral

En tierras blancas de sed

partidas de abrasamiento,

los Cristos llamados cactus

vigilan desde lo eterno.

 

Soledades, soledades,

desatados peladeros.

La tierra crispada y seca

se aparea con sus muertos,

y el espino y el espino

braceando su desespero,

y el chañar cociendo el fruto

al sol que se lo arde entero.

 

Y en el altozano y en

las quebradas, como aperos

tirados como tendal,

tumbados de buhoneros,

aldeas y caseríos

llenos de roña y misterio.

 

Locos repechos, bajadas

como para niño y ciervo,

pero apenas un boecillo

de pastos de trecho en trecho

y caseríos callados

a medio alzarse, de miedo,

bajo el viento que los lleva

y que los suelta en dos tiempos.

 

Y otras tierras desolladas

en Bartolomé inmensos,

de un costado desangradas,

del otro en tendido incendio.

Y otra y otra vez aldeas

acurrucadas, friolentas,

con techo de paja y

huyendo y permaneciendo.

 

Tienen sed el cabrero

el olivillo y la salvia,

el pasto de cortos dedos

y el cuarzo y el cuellecillo

de muchachito y el ciervo.

Miseria de higuera sola

azuleando higos cenceños

y de tunal en que araña

a tientas un rapazuelo

y de mujeres que vuelcan

las “gamelas” y los tiestos

y el umbral empedernido:

toda la Tierra y el cielo.

 

Claman ¡agua!, silabean

¡agua! durmiendo o despiertos.

La desvarían tumbados

o en pie, con substancia y miembros.

Y agua que les van a dar a

los tres entes pasajeros

con garganta que nos arde

y los costados resecos.

 

Cruzamos, pasamos, blancos

de puna y de polvo suelto,

del resuello de la Gea

y el sol blanco de ojo ciego

y repetimos los tres

callando, de pecho adentro;

Agua de Dios, un cadejo

de nube, un hilillo fresco.

 

El agua en sorbo o en hebra,

sonando su silabeo,

merced al hilo de agua

delgada, piedad de estero,

mejor que el oro y la plata

y el amor dado y devuelto.

 

No se me doble el huemul

al que le blanquea el belfo

y no me mire el diaguita

que me rompe su deseo.

Un poco más y ella salta

con sus ojos azulencos

y van a beber de bruces

con rizadas de contento

más doblados que sus cuellos

iguales en ciervo y ciervo.

 

Se áran, o siguen y arden,

callan y laten enteros;

y el soplo que yo les doy

no les vale, de ser fuego…

 

Apunta si el “ojo de agua”,

ya en lo bajo del faldeo;

yo no sé, no, si es verdad

o mentira del deseo.

Está redondo y perfecto,

está en anillo pequeño;

brilla pequeñito y quieto

con dos párpados de hierba

y el ojo a nosotros vuelto

asombrado de si mismo,

sin voz, pero con destello

milagro tardio y cierto.

 

¡Cómo beben, cómo beben

que yo les oigo los cuellos!

Y bebiendo son iguales

el con belfo y el sin belfo.

La lenguecilla rosada

apura su terciopelo

y el niño bebió con toda

su cara que tomo y seco.

 

De su libro Poema de Chile, 1967. Editado en Barcelona.